B. - JESÚS Y EL REINO DE DIOS
1.- Punto de partida y contexto de la misión.
Jesús comenzó su ministerio proclamando solemnemente la llegada del reino de Dios (cf. Mc 1,14-15). Este fue el motivo central de su mensaje. El símbolo de reino o reinado de Dios proviene de la tradición vétero e intertestamentaria[1] que había acuñado este término para expresar el concepto de la soberanía divina sobre Israel y sobre las naciones. Aunque no fuese un elemento predominante en la teología judía, dicha metáfora era corriente en tiempos de Jesús y él la usó conscientemente porque expresaba mejor que ninguna otra el significado de su misión.
Lo que esta metáfora evoca, en su nivel más profundo, es la relación salvífica entre Yahvé y su pueblo. La experiencia más original y primigenia que tuvo Israel de Dios no fue la de un Dios creador, sino la de un Dios salvador que lo liberaba de la esclavitud de Egipto, estableciendo una alianza y conduciéndolo a la Tierra Prometida. Este Dios era un "Dios único y celoso" que regía todo el universo y todos los pueblos.
En todo el A.T. está presente la fe en el cumplimiento de las promesas hechas por Dios a los patriarcas, a pesar de los fallos del pueblo y de sus instituciones y, quizá, a causa de ellos todas las esperanzas se fueron centrando solamente en el poder de Dios que levantaría un templo perfecto (cf. Ezequiel); un siervo ungido, un rey y pastor que dirigiría dignamente al pueblo (cf. Isaías y Ezequiel): Dios mismo vendría a establecer su reinado.
Este reino tiene, como bien definió Walter KASPER[2], tres características:
1º) Un carácter escatológico. Abarca todas las esperanzas de Israel sobre su destino supremo con la certeza de que, con la llegada del Reino, Dios se manifestará como Señor absoluto y universal. Por eso Jesús escoge esta motivo en su predicación, mostrando su convencimiento de que el kairós ha llegado con su persona y su misión. Toda ella estará inmersa en este clima.
2º) Un carácter teológico, no geográfico ni político. En la tradición véterotestamenteria y del judaísmo significaba la presencia salvadora y transformadora de Dios mismo en la historia. Es el reinado tan ansiado por todo israelita piadoso.
3º) Un carácter soteriológico. "Dios reina" significa que Dios mismo está comprometido en la salvación de su pueblo; que destruirá el mal, el dolor y la muerte. Esta presencia salvadora de Dios forjará un pueblo renovado en una tierra pacífica, en el sentido semítico del término.
Esta metáfora le sirvió a Jesús estupendamente para su predicación, pues era un símbolo netamente judío, enraizado en su cultura y en las esperanzas del pueblo, pero al mismo tiempo rebasa la dimensión nacionalista de dichas esperanzas para alcanzar una dimensión universal.
2.- ¿Qué definición da Jesús del Reino?
Jesús no dio una definición del Reino, aunque la expresión podemos encontrarla en los sumarios (cf. Mc 1,15; etc.), en sus parábolas y dichos (cf. Mc 4,11.26.30; Mt 13,24.31.33.44.45.47; Lc 13,18; 17,21). La concepción que Jesús tenía del Reino hay que descubrirlo en el mensaje global de su enseñanza, de sus obras y de su estilo de vida. Para ello nos fijaremos en cinco aspectos de su vida y mensaje:
a) La extraordinaria piedad de Jesús.
Uno de los rasgos más característicos de la misma fue su modo de relacionarse con Dios, llamándole 'abbâ (cf. Mc 14,36). Tal invocación no tiene parangón en el judaísmo de su época. Esta intimidad y espontaneidad la inculca a sus discípulos a la hora de dirigirse a Dios en la oración (Lc 11,2-4). Si Jesús se dirige a Dios en estos términos es porque lo experimenta como el Dios clemente y compasivo, cercano y amoroso. Esta experiencia nos la libran las tres parábolas de la misericordia (Lc 15), la de los jornaleros de la viña (Mt 20,1-16). La invitación al amor y a la misericordia sin límites se fundamenta en la experiencia de un Dios amante y misericordioso que exige la imitación como respuesta humana (Lc 6,27-28.32-36). Esta es la consecuencia de la conversión que pide Jesús (Mc 1,15).
b) El ministerio de compasión con los marginados.
Un rasgo característico que los evangelios nos presentan del ministerio de Jesús es su modo de relacionarse con los marginados de la sociedad judía, los "sin ley", el `am hâ'ares que estaban excluidos de la participación religiosa y social, sabiendo ver en ellos su lado bueno y positivo:
come con ellos (Mt 9,10; 11,19; Mc 2,15-17; Lc 7,31-35);
se pone de su parte (Lc 6,20-26);
manifiesta una actitud de abertura hacia los samaritanos (Lc 10,25-37; 17,11-19; Jn 4);
acoge mujeres en su compañía, las admite al discipulado, teniendo un comportamiento provocador para la mentalidad de la época (Lc 7,36-50; 8,1-3; 10,38-42; Jn 4,27);
su actitud hacia los temidos y odiados extranjeros es abierta y favorable (Mt 8,5-13; Mc 7,24-30). Esta actitud se extiende a ciudades paganas (Mt 11,20-24).
Estas compañías irritantes de Jesús no son pura casualidad en su ministerio, sino todo lo contrario. Esta actitud de Jesús, reflejada en un comportamiento que rompe las fronteras de la marginación y del exclusivismo son una parábola en acción de la comprensión que tenía de Dios y de su reinado.
Este estilo provocador del ministerio de Jesús hay que vincularlo con su piedad, con su experiencia de un Dios libre, que no puede ser encerrado o controlado por las fronteras creadas por Israel, dentro de la más pura línea profética. Esta será un nexo esencial con la misión universal de la iglesia primitiva.
c) Jesús y la Ley
Los relatos evangélicos, aunque presentan a Jesús como un judío estricto, no dejan lugar a dudas sobre sus discrepancias con algunos de sus contemporáneos a la hora de interpretar la Ley. Como botón de muestra podemos ver algunos textos:
la observancia del sábado está subordinada al bien del hombre para quien fue legislado (Mc 2,23-28; 3,1-6);
prioridad de la pureza interna sobre los ritos de purificación externos (Mc 7,1-23);
superioridad de valores como la justicia, la misericordia y la fidelidad sobre otros preceptos menores de la ley (Mt 23,23);
la síntesis de su enseñanza está en la subordinación de toda la Ley al mandamiento del amor (Mt 22,40 y par.)
Todos estos conflictos revelan la concepción que Jesús tiene del Reino. Para Dios, que viene a regir a su pueblo, lo que prima es el bien del hombre y todo debe contribuir a este fin, incluida la Ley y esta es la voluntad fundamental de Dios. Jesús hace suya esta causa.
d) Enseñanza de Jesús sobre la reconciliación y el perdón.
Durante su ministerio Jesús pone el énfasis en el perdón y en la reconciliación, a expensas del juicio o la retribución. La enseñanza de Jesús revelando a un Dios misericordioso que perdona sin límites y gratuitamente forma parte del meollo de su mensaje. Quien lo acepta, debe de admitir la misma dinámica: el perdón de Dios y la reconciliación humana están estrechamente unidas (cf. Mt 6,12; Lc 11,4), pues los hijos de Dios deben parecerse al que invocan como Padre (Lc 6,36; 11,2).
El texto que mejor ilustra esta enseñanza es Mt 18,21-35. La parábola concluye refiriéndose al Padrenuestro (Mt 18,35; cf. Mt 6,12).
Hasta el culto, siguiendo la tradición profética (cf. Is 1,10), está subordinado a la reconciliación entre hermanos (Mt 5,23-24).
Este ministerio de Jesús hace saltar por los aires una vez más las fronteras del exclusivismo, de la enemistad, de la ley del talión, poniendo las base de una misión universal.
e) Las curaciones y exorcismos de Jesús.
Los evangelios nos presentan a Jesús como un hombre de un gran carisma personal y de una gran autoridad en palabras y obras (cf. Mc 1,27; la estructura de Mateo: discursos-milagros).
Curaba tanto dolencias físicas (Mc 1,30-31; Mc 3,1-6; Mc 8,22-26; Lc 5,12-16) como psicológicas (cf. Mt 4,23-25). Aparece también, sobre todo en Marcos, realizando muchos exorcismos liberando a personas poseídas (cf. Mc 3,10-11; 5,1-20; 9,14-27).
Lo importante no es tanto las curaciones en sí, sino el significado de las mismas. Jesús las relaciona con la llegada del Reino, de la que son un signo (Lc 11,20). La llegada de Jesús y su ministerio es un combate sin tregua contra Satanás al que expulsa por el poder de Dios cuya voluntad es salvar al hombre y no como le acusan sus enemigos (cf. Mc 3,22-27).
Las curaciones y exorcismos tienen, en los evangelios, una significación escatológica: mediante la acción liberadora que Jesús realiza en nombre de Dios, las esperanzas de Israel a lo largo de la historia hallan su pleno cumplimiento.
Aunque la mayor parte de los beneficiarios son judíos, la lucha entablada por Jesús contra las fuerzas del mal alcanzan tintes universales y cósmicos, pues el sufrimiento, la enfermedad y la muerte son cuestiones universales. Este ministerio de Jesús da un impulso más a las implicaciones universales de su misión.
[1] En hebreo aparece la expresión YHWH mâlâk, sobre todo en los salmos (cf. Sal 93,1; 96,10; 97,1; 99,1). La expresión malkût šamayim pertenece al judaísmo tardío. De ahí pasó a los evangelios. Mateo utilizó la expresión al pie de la letra: basileía tôn ouranôn. Marcos y Lucas usaron la expresión basileía toû theoû.
[2] Cf. W. KASPER, Jesús, el Cristo. Ediciones Sígueme. Salamanca 19793, pp. 86-107.

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